viernes, 16 de septiembre de 2016

En mis tiempos se ‘maleconeaba’, no chingaderas

Cada sábado que salgo del trabajo, tomo mi transporte para ir a casa y éste se va por el malecón, veo con nostalgia el gran boulevard vacío, y sólo a la altura de Independencia un montón de personas “cazando pokemones” y otras más, familias, viendo al show de los payasos, y en el piso los cientos de envolturas, basura que será chamba al día siguiente de limpia pública.
A esa hora que paso a veces ya es más de medianoche y entonces pienso, “en mis tiempos se maleconeaba no estás chingaderas”.
Maleconear (estar en el malecón conviviendo con los amigos), me parece un sinónimo de cuánta tranquilidad había hace 10 años en mi Coatza, podíamos estar todos esos veinteañeros en el malecón, tomándonos unas chelas, refresco, platicando, comiéndonos unas papitas, esquites (o unos hotcakes), molestando al de “los toques, toques” y al final, ya casi por amanecer iríamos tranquilos de vuelta a casa, seguros de que llegaríamos completos y sin miedo, libres, vagos y felices.
Sé que para muchos papás o mamás y uno que otro apretado, ver el malecón a reventar de jovencillos pasándola bien, era un dolor de cabeza, pero dentro de todo ese relajo (Ok, desmadre), éramos buenas personas divirtiéndonos.
Eran tan anecdótico lo que cada noche ocurría en el malecón, que mi jefe de aquel tiempo en el Órale! Me sugirió hacer una columna sobre lo qué era “maleconear” , a mi no me parecía coherente contar lo que sucedía en “la peda” con mis amigos, aunque yo tomaba poco, y mis amigos no tanto, pero la verdad es que en todas esas historias había de contexto un poco de alcohol, cigarros y con suerte ligue.
Con el grupo que yo salía, solían contar chistes, se burlaban de otros grupos en el malecón, ellos miraban a las chicas que ese día se paseaban por el boulevard, algunas vestidas para ir al antro cuando sólo iban a maleconear; con suerte retaban al señor de los ‘toques’ para ver si está vez sí podían aguantar más, hacíamos la ‘cooperacha’ para las bebidas, y para las papitas, y veíamos como uno que otro payaso daba vueltas y vueltas en su carro a lo largo del malecón, ¡sepa Dios si andaban buscando a alguien, o sólo querían que los viéramos presumir su automóvil!
La música que ambientaba cada noche, era la que salía de los carros de nuestros amigos, y si avanzabas un poco los vecinos maleconeros tenían otros ritmos en sus vehículos.
Solíamos ponernos cerca del Oxxo, porque estaba cerca para comprar lo que se ofreciera y porque para nosotras las niñas, estaban cerca los baños.
En el malecón había de todo, de todo, la fiesta comenzaba por ahí de las 10 de la noche y terminaba llegadas las 6 de la mañana, cuando con vergüenza veíamos a los corredores salir hacer sus rutinas, entonces sabíamos que era hora se irse.
¡Ay mi Coatza, tan lejos de la seguridad y tan a la mano de los pokemones! Estoy de acuerdo, era la barra más grande, pero vivíamos en paz.